Lo que no fue...



Nota: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Sara se levanta, busca en el suelo en medio de la oscuridad su bolso, saca un cigarrillo y lo enciende. No le importa que el sujeto que tiene al lado odie a las mujeres que fumen, a la final ya que caso tiene. Acomoda las almohadas para quedar semi levantada en la cama, y lo observa a él, con sus ojos cerrados, intenta imaginar que se adentra en su mente y puede ver cada uno de sus pensamientos hasta los más mínimos, sin encontrar uno solo que sea de su total agrado.

Una lágrima recorre su mejilla, procede a quitarla de inmediato, recuerda aquella canción que dice “big girls don’t cry, don’t cry” y mira hacia la ventana, pero prefiere quedarse acostada sintiendo el calor de ese cuerpo que tiene al lado, y que ya no le pertenece, sonríe con cinismo y se dice a sí misma: - De hecho, nunca me ha pertenecido.

Mientras se fuma despacio ese cigarrillo (hace 4 meses que los había dejado porque a Ricardo no le gustan las mujeres que fuman, pero siempre mantenía una caja en el bolso por si acaso), repasa todo lo sucedido hace unas horas. Mira el celular, son las 2: 25 a.m. pero la verdad no tiene sueño, sus ojos no se quieren cerrar, no pueden. Decide acomodarse la sábana, tener un poco del pudor perdido con ese hombre. Sus tetas estaban al aire, erizadas, aún puede sentir que se moja cuando recuerda cómo la tocaba.

- No puedo seguir pensando en esto por Dios. Debo pensar en recoger mis cosas y salir sin que él se dé cuenta, pero todavía no es hora.

Siente en sus labios y garganta el mentol del cigarrillo, esa sensación que tanto extrañaba. Y sigue elevada, pensando.

Habían llegado de una fiesta con los amigos de Ricardo. Ella procedió a desnudarse, colocarse su pijama, recogerse el cabello, cepillar sus dientes, mientras él se dirigió a la cocina y se sirvió un vaso de agua que tomó tan deprisa como pudo. A ella se le hizo muy raro que en lugar de venir a quitarle la ropa (como siempre solía hacer), él, entre inquieto y desesperado, corrió a la cocina. Pero trató de no armarse películas y actuó normal como si nada. Mientras ella seguía en el baño, el caminaba de un lado a otro en la cocina, mirando al techo, con las manos en la cabeza, como buscando inspiración para enfrentar un momento difícil en su vida.

Llegó al baño y la miró con sólo esa mirada que él tenía. Ella lo miró a través del espejo, le sonrió, le guiñó el ojo y le manda un beso. Él trató de sonreír normal pero no pudo. Llegó, la abrazó por la espalda y le estampó un beso en la cabeza.

- ¿Qué tienes mi amor?, pregunta Sara. Te noto como acelerado, impaciente.
- Ehhhh… - vaciló en decir. Mejor vámonos a la cama y allá hablamos rico, ¿te parece?
- Ella asintió con la cabeza pero ya su corazón se había acelerado.

El se quitó toda la ropa y quedó en bóxers. Ella se acostó a su lado y lo abrazó fuertemente.

Ricardo colocó sus manos en la cara, y le pidió a Sara que se sentara frente a él. Al ver sus ojos, quiso callar, quiso olvidar lo que iba a decir. Sara es de esas chicas con rostro angelical, una mirada muy dulce, que prácticamente, es imposible pensar en hacerle daño. La había conocido en una fiesta de René, su mejor amigo, y después de conversas en varias ocasiones, ambos se dieron cuenta que la atracción era muy fuerte, y decidieron empezar a salir “sin ningún compromiso”, al menos en la mente de Ricardo, así funcionaban las cosas.

Sara tenía esa facilidad de hacerlo enmudecer. Era una chica muy especial, con la que durante 4 meses había sentido tener el cielo en sus manos. Una chica adorable, una amante insaciable, con esa sonrisa que le hacía olvidar los problemas de su vida de Gerente de una multinacional, con la que había compartido muchos secretos, porque tenía esa facilidad para escuchar y aconsejar sabiamente, una bailadora incansable, una administradora de empresas con una gran carrera profesional, una mujer hermosa en todo el sentido de la palabra, de esas que con su belleza hace enloquecer a cualquier hombre, la mujer con la que él se sintió tan afortunado de poderla tener en sus brazos, de poder sentirla como suya, pero que justo en ese momento sentía que le rompería el corazón, que a la final no la merecía tanto como él pensó más de una vez.

- A ver, ¿qué me quiere decir el señorito ah? Dice Sara, en ese tono medio infantil con el que solía hablar la mayoría de las veces (otra de las cosas que le encantaban a Ricardo), le toma el rostro y le da un beso en la boca.

Ricardo solo se dedica a mirarla. Para sus adentros, Sara estaba imaginando “¿será que ya quiere que formalicemos las cosas?”, “pues yo pienso que cuatro meses son suficientes para habernos conocido, eso es, Ricky quiere pedirme que sea su novia formal, pero por qué eligió este momento ah, bueno, no importa, voy a disimular, yo no sé nada”.

Sara es de esas niñas que aún creen en los cuentos de hada. Al ser hija única, ha crecido como la princesa de la familia, donde ha recibido las mejores atenciones, la mejor educación, si dice A ahí tiene A, se graduó del colegio y de la universidad con honores, nunca ha dado dolores de cabeza a sus padres, sólo ha tenido un (1) sólo novio en todos sus 25 años, vive rodeada de un séquito de amigas que piensan igual que ella y que gritan emocionadas cada vez que se ven las caras, sueña con casarse antes de los 30, con una boda súper pomposa, vestida de blanco, le encanta la rumba, es vanidosa y bastante coqueta, tiene ese componente entre niña buena y pícara que enloquece, incluso sus amigos más cercanos la apodan “Lolita”, si bien sólo ha tenido un (1) novio formal, puede hacer una lista más o menos de veinte (20) amantes, de los cuales Sara como siempre, termina decepcionada y aburrida, y continua entregándose sin condición buscando entre algunos de esos, al hombre que finalmente decida hacerla su novia formal e incluso pedirle matrimonio.

Y ella estaba viendo en Ricardo a ese hombre. La enloquecía su picardía, su sencillez, su espontaneidad, su inteligencia para asumir los problemas, los detalles que tenía para con ella, lo bien parecido que era (y que provocaban en ella unos celos absurdos cuando salía y las demás chicas no podían evitar coquetearle a tan hermoso hombre), lo simpático que era hablando, podían durar horas y horas hablando pendejadas y ninguno de los dos se aburrían, lo excelente amante que es, de hecho siempre que llegaba a su casa y recordaba esos momentos tan placenteros que había tenido con él, podía tener un orgasmo nuevamente, sin tocarse un solo poro del cuerpo. También le gustaba lo buen hijo que era, adoraba a sus padres por sobre todas las cosas, que le encantan los niños (“podría ser un buen padre para mis hijos”), que era súper exitoso en su vida profesional, era el favorito de sus amigos, bailaba delicioso y esos movimientos la enloquecían, impecablemente vestido y olía delicioso, incluso cuando sudaban mientras hacían el amor.

Definitivamente, Sara pensaba que había encontrado al amor de su vida, el hombre con el que definitivamente, se veía en el altar.

Ricardo, suspira. Parece tomar aire para pronunciar las palabras que él no quería decir.
- Sara, te tengo que dar una noticia que no va a ser muy agradable para ti, como tampoco lo es para mí.

Sara traga saliva. Ricardo aún no ha dicho nada y ya tiene los ojos encharcados.

- Hoy, me informaron en la Compañía que me trasladarán Miami, para que asuma el mando de una nueva sucursal que instalarán allá. Debo viajar el lunes (era sábado) a primera hora.

Sara trata de asumir esa postura de mujer comprensiva que siempre la había caracterizado y esconde el profundo dolor que esa noticia le estaba causando. Lo abraza y le dice “aparentemente emocionada”:

- ¡Wow mi amor, no sabes cuánto me alegra esa noticia! Esta es tu oportunidad para seguir creciendo laboralmente y me parece magnífico que compartas este momento conmigo.

Ricardo la mira con cara de asombrado. O Sara se estaba haciendo la boba o en realidad no había entendido lo que eso implicaba.

- Muchas gracias linda. Pero, sabes que por mi partida no podremos seguir con esta relación, no tendría sentido seguir “esto” de lejos. Sabes que soy de los que pienso que “amor de lejos, felices los 4, los 5, los 6…”. La toma por las manos y le dice: Sara, lo siento, no puedo ofrecerte garantías de nada.

Por la cabeza de Sara pasaban muchas cosas. Sentía que en ese momento el corazón se le hacía pedacitos. Pero no, no lloraría, no delante de él, era muy orgullosa también. “Nunca le demuestres debilidad a un hombre” solían decirle sus cómplices amigas.

Sara lo miraba, sin quererlo mirar.

- Pues claro, entiendo Ricky. Tienes toda la razón. Y bueno, acepto la decisión que estás tomando. Es lo más sano para los dos, en realidad.

Y sonrió de la manera más falsa que puede sonreír una mujer. En el fondo se preguntaba tantas cosas que quería preguntarle a él pero no se atrevía. No tendría caso hacerlo. ¿Por qué no me lleva? El podría instalarse allá y luego yo podría irme. Pensaba una y otra vez.

Dicho esto, Ricardo sintió que se quitaba un peso de encima. Abrazó a Sara y empezó a besarla con locura, como siempre solía hacerlo. Sara se dejaba besar pero su mente no estaba en esa habitación, nunca esos besos habían carecido tanto de sentido y emoción como los de ese preciso momento.

Ricardo se apresuró a quitarle la pijama, e inició el acostumbrado ritual, de besar cada parte de su cuerpo. Sara sólo pensaba en que le tocaría fingir, no estaba sintiendo nada. En cada beso, sentía que la piel se le quemaba, y el corazón se desgarraba lentamente. Las tetas de Sara eran la locura y Ricardo disfrutaba tanto pegarse a ellas como niño recién nacido. El pensaba que ese tenía que ser la mejor noche para los dos, por aquello de la despedida, así que se esmeraba por hacer que Sara se revolcara de placer en la cama. Le hizo el mejor sexo oral que nunca le había hecho, Sara trató de concentrarse y de disfrutar, así fuera por última vez de los placeres de su amante.

Ricardo estaba muy emocionado, realmente Sara lo excitaba mucho, le despertaba los más recónditos deseos e instintos. La penetró despacio (como sabía que a ella le gustaba) y luego fue acelerando el proceso. Sara cerró los ojos, no quería verlo. Gemía suavemente, gemía sin querer gemir. La tomó como una muñeca y la volteó para penetrarla analmente (sí, Sara era de esas pocas mujeres a las que les fascinaba el sexo anal).

- Ningún culo como el tuyo. Le decía Ricardo, al oído mientras le daba cada vez más duro.

Ella no se atrevía a pronunciar palabra. No tenía mucho que decir. Las palabras se habían ido.

- Te gusta Sarita, ah, te gusta que te dé así de duro.

Sara no respondía. Sólo alcanzó a confesar un tímido sí, cuando Ricardo salvajemente la tomó por el pelo, y le repitió la pregunta al oído.

Ricardo se vino y derramó sobre las nalgas de Sara, el preciado líquido masculino. Le dio un beso en la mejilla, y se derribó sobre su lado de la cama.

Sara se levantó a limpiarse el reguero, volvió a la cama y cuando lo hizo, ya Ricardo estaba dormido, roncando, mirando hacia el otro lado.

Sueños e ilusiones rotas, pensaba.”Nuevamente, Sarita, serás abandonada, como en muchas ocasiones anteriores, por el hombre que creías sería el amor de tu vida”. Hasta cuándo Diosito, hasta cuándo tendré que seguir buscando o esperando a ese tal hombre de mi vida, o será que te olvidaste de mí y no me reservaste uno sólo.

Y ahora, qué le diría a sus amigas, que se peleaban el puesto de madrinas de una boda que ya ella, en su mente de princesa, había planeado. Qué le diría a sus padres, sobre ese supuesto novio que muy pronto les presentaría. Tantos planes que tenía con Ricardo, y ahora no los podrá realizar.

Pensó que a lo mejor, lo asustó con tantos detalles, con tantas palabras bonitas, con tanto formalismo en medio de lo informal. Pensaba tantas cosas. Hasta pensó en la aparición de otra mujer en la vida de su amado. ¿Será que tendrá otra vieja?

Y fumó, una y otra vez. Ricardo no se movía, parecía una roca tendida en la cama. Ella lo miraba con dolor, con ese dolor que se siente no volver a tener a esa persona más a tu lado. El dolor que causan las despedidas repentinas.

4:00 a.m. Sara recogió todas sus cosas suavemente para que el susodicho no se despertara. Se vistió rápidamente, se soltó el cabello y salió del apartamento sigilosamente.

Cuando Ricardo despertó, trató de buscar a Sara con su mano y no la sintió. Abrió los ojos, y sólo alcanzó a ver sobre la mesa de noche una servilleta acompañada de cenizas de cigarrillo que decía: “Fue un placer conocerte. Éxitos en tu nueva vida. Sara”.

Y nunca más volvieron a saber el uno del otro.

Comentarios

  1. Dios! tuve un mini proceso de duelo y todo!... Recordé lo difícil que es ver los sueños quebrados en el suelo y tener que recogerlos para irse a otro lado a reconstruirlos otra vez.
    Muy chevere el post!

    ResponderEliminar
  2. Chevere la historia, me gustó bastante =D

    ResponderEliminar
  3. Bueno, muy bueno.. por acá seguiré pasando... XD

    ResponderEliminar
  4. Niña que historia mas triste, pero muy buena. Ojala Sara encuentre a su amor algun dia.

    ResponderEliminar
  5. Gemeeee severo cuento te jalaste!!! bravoooooo!!!!!!..... mejor dichoo!! el pulitzer pa mi geme carajo!!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Cualquier comentario es cariño...

Entradas populares de este blog

¡NO a la lluvia de sobres!

¿Competir por ‘amor’? No, gracias…paso.

O somos...o mejor no somos nada