jueves, 26 de agosto de 2010

"¡Mi amor, hoy es noche de sólo hombres!"


No soy nadie para juzgar a los demás, ni para condenar sus actos, esto está más que claro. Pero aún así, y después de conocer a los hombres y su cúmulo de “errores humanos” (apenas naturales), me sigo sorprendiendo por las actuaciones de éstos, porque si a las mujeres nos tildan de Steven Spielberg, la estatuilla al mejor actor entraría fuera de concurso por parte de ellos: todos se la merecen. Pero bueno, como les venía diciendo me sigo sorprendiendo y NO debería hacerlo, pero es que a lo mejor en el fondo sigo siendo muy ingenua y me gustaría creer que aún existen hombres fieles, que aman y respetan a sus esposas, que no miran por otros ojos sino por los de ellas, que entienden y aceptan que son de una mujer, así como ellos exigen lo mismo de su cónyuge. Sí claro, que ilusa Érika, me dice la mayoría, y sí, yo lo sé, pero como les digo, por una extraña razón me da por pensar así, a veces, solo a veces…

Toda esta antesala la digo porque hace poco pasé por una situación algo rara e incómoda para mí.
Me llaman ciertos amigos, casados, los más juiciosos ellos, a invitarme a salir, a tomarnos algo y a hablar de todo un poco. Acepto la invitación asumiendo que ellos van con sus respectivas esposas. Me recoge uno de los pocos solteros del grupo y llegamos al sitio del encuentro. Y vaya sorpresa, cuando localizamos la mesa están todos acompañados, peeeeeroooo ¡OH MY GOD! ¡No son sus esposas! Quedé como en shock y me sentí en el lugar equivocado. ¡Un momento! Ellos me estaban convirtiendo en alcahueta de sus fechorías, y lo peor es que yo conozco a sus esposas, pues son amigas mías también. Me senté en la mesa un poco disgustada por la situación y los muy perros proceden a presentarme a sus “amiguitas”, todas unas niñas entre 19-22 años, muy bonitas, encantadoras a simple vista.

Muchas cosas pasaban por mi mente al verlos ahí tan cariñosos con sus amantes, relajados como si nada, como si no tuvieran a nadie esperándolos en su casa. Uno a uno se me acercaba y me decía al oído: “tu no me has visto”. Y yo con unas ganas enormes de sapearlos por cínicos, pero la vida me ha enseñado que esas cuestiones es mejor no involucrarse, pues siempre a la final las parejas terminan reconciliándose y quedas tú como la chismosa del paseo.

El momento cumbre de la noche fue ver cómo llamaban a sus queridas espositas a “marcarle tarjeta” y mientras lo hacían, la mano contraria a la que sostenía el celular metida en la entrepierna o entre las puchecas de la jovencita que lo acompañaba y que no paraba de lamerlo y lengüetearlo todo mientras él decía a quién estaba al otro lado: “te amo mi amor, tranquila, prometo que no llegaré muy tarde”.

Yo sólo pensaba: ¡Ay Dios! Cuando me case yo también seré de esas esposas a las que marcarán tarjeta y me comeré el cuento que mi esposito solo está pasando un rato agradable con sus amigos y ya, porque ellos también necesitan su espacio, su libertad y ese cuento tan cliché que ya nos sabemos de memoria.

Y pues no pude llegar a otra conclusión que los hombres solo se casan por puro pretexto social, de pronto pa’ tener con quién acompañarse cuando viejitos o multiplicar el apellido, porque hay cosas que por instinto, naturaleza, o como le quiera llamar, siempre van a primar y es precisamente, esa “necesidad física” de poder estar/disfrutar de varias mujeres al tiempo. Y sí, puede que mis amigos amen con locura a sus esposas, eso sólo lo saben ellos, pero aún así no son capaces de respetarlas al 100% como ellas se lo merecen. Definitivamente, hay cosas que es mejor no tratar de entender, pero a decir verdad, siempre me generan inquietud.

Aunque no haya sido una experiencia súper agradable, de todos modos fue bueno vivirla, así me voy preparando psicológicamente y creando el discurso respectivo cuando en un futuro mi esposo (si al fin me decido a tenerlo) me venga con el cuentico de “mi amor, hoy es noche de sólo hombres”. ¡Ay Dios! ¡Agárrate muela picá, que lo que viene es cucayo!

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lunes, 16 de agosto de 2010

¡Viviendo!

Si ya sé, muchos dirán que esto de postear canciones en el blog no les parece, consideran que no es contenido, etc., pero bueno, es lo que hay...y YO quiero compartir una canción que me ENCANTA, porque simplemente nos invita a VIVIR los momentos, las cosas que nos pasan en la vida, que aunque muchas veces no son lo que queremos, debemos VIVIRLAS y punto. Mejor dejo que la escuchen, presten atención a la letra y saquen sus propias conclusiones. Sólo les digo: ¡A VIVIR SE DIJO CARAJO! Sin pensar tanto...

VIVIENDO - MARC ANTHONY

Tal vez tu tenias razón
Tal vez tu tenias razón
Y era inútil esconderse
O soñar con prometerse tantas cosas
Tal vez tu tenias razón
Tal vez tu tenias razón
Y ese miedo que sentías
Que gritabas que perdías tantas cosas, era yo

Y tan fácil que habria sido
No enredar nuestros destinos
Y dejar que los caminos
Continuaran separados, pero tal vez yo tenia razón

[Chorus:]
Y solo habria que vivir
Ay sin miedos, sin excusas
Vivir, inventando la locura
Vivir, como Dios habria querido
Vivir, recordandole al olvido
Vivir, rescatando lo perdido
Vivir, y perder hasta la vida viviendo

[Verse 2:]
Es cuestión de corazón
Es cuestión de corazón
Ay de morir en el intento
De sentir cada momento
Tantas cosas
Tantas cosas que aunque duelan
Son la esencia de la vida
Tal vez yo tenia razón

[Chorus:]
Y solo habria que vivir
Ay sin miedos, sin excusas
Vivir, inventando la locura
Vivir, como Dios habria querido
Vivir, recordandole al olvido
Vivir, rescatando lo perdido
Vivir, y perder hasta la vida viviendo

Joma!

Sola habia que vivir
Hay que vivir, que vivir
Solamente que vivir
Solo habia que vivir
Como Dios habia querido darnos el amor
Solo habia que vivir
Es cuestión de corazón entregarlo todo
Solo habia que vivir
Hay que vivir, que vivir
Te digo nena hay que vivir

Joma!

Solo vivir
Quiero estar junto a ti
Yo no quiero sufrir
Ven y dime que si
Solo vivir
Entregarlo todo
Solo vivir
Joma!
Chi chi!


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¡Se me bajó el azúcar!


Con este post, participé en el aniversario del blog de la linda @everlyco " Mi caja de Pandora". Para los que no se pasaron por allá o no se dieron por enterados aquí se los dejo.

Para mí la vida es un algodón de azúcar. O mejor, me gustaría que la vida fuera como un algodón de azúcar, y no lo digo porque yo vivo en mi mundito color rosa, no, sino porque me gustaría que la vida fuera una continua sucesión de momentos felices, de momentos dulces, suavecita, así como cada mordisco de un algodón de azúcar se disfruta al máximo aunque se deshaga rápidamente en nuestras bocas, quisiera poder disfrutar cada suceso de mi vida de igual manera, aunque esté consciente que tarde o temprano, el gran algodón de azúcar que sería la vida, tiene que terminar.

Pero resulta que la vida no es un algodón de azúcar como yo quisiera y si bien todos tenemos esos momentos alegres, también tenemos momentos tristes y muy desagradables. Considero que todas las personas poseemos un nivel de “azúcar” en nuestras vidas. Y bueno, no me refiero exactamente a la glucosa, el azúcar que posee nuestro organismo y que nos permite realizar nuestras acciones diarias. No. Para mí el “azúcar” es ese ingrediente extra que tenemos los seres humanos, y que nos impulsa, nos da la energía para hacer las cosas con una buena actitud, con amor, con alegría, que nos enciende la chispa, que nos mantiene una sonrisa en el rostro. Ese es el “azúcar” al que yo me refiero.

Y así como hay días en los que tenemos sobredosis de “azúcar”, todo nos sale bien, bailamos y cantamos mientras trabajamos, respondemos amablemente a cuánta pregunta nos hacen, damos ánimos al decaído, echamos chistes así sean de los malísimos, le sonreímos hasta al perro callejero, la hiperactividad se eleva a un 1000%, mejor dicho, nos sentimos los seres más felices y dichosos del mundo, también llegan esos días donde suelo decir ¡SE ME BAJÓ EL AZÚCAR! Y no faltan los que corren a traerme chocolates, bocadillo, helado, arequipe, leche condensada y de cuanto dulce se les ocurre pensando que he tenido alguna crisis hipo-glicémica, sin entender que no me refiero a los niveles de glucosa en mi sangre, sino al “azúcar” de la vida, la que me impulsa a seguir adelante, la que mantiene mi ánimo arriba.

Cuando se baja el “azúcar”, el nivel de “amargue” suele aumentar al máximo porcentaje. Y es tan terrible cuando esto sucede porque nos sentimos tristes, decaídos, nada nos causa gracia, nos enojamos con facilidad, no queremos saber de nada ni de nadie, las lágrimas se salen solas, nos fastidiamos de nosotros mismos, no hallamos qué hacer, cómo acomodarnos, todos nos molesta, nos ponemos quejetas, mejor dicho, como dice una buena amiga mía nos da “gadejo” (GAnas DE JOder); nos volvemos lo más insoportable e inmamable que existe sobre la faz de la tierra.

Y ¿entonces? ¿Cómo se restablece el nivel de “azúcar”? Bueno, ya eso es una cuestión personal. Cada quién tendrá su manera de endulzar la vida y sabrá qué cosas específicas le dan esa energía. A mí me funciona mucho escuchar música (dos canciones en especial me suben el ánimo full “I’m yours – Jason Mraz” y “You are my sunshine – Domino Dancing”); comer chocolates (y esto es muy en serio, si es chocolate blanco el efecto es más rápido); sentarme sola en la playa a sentir la brisa marina y escuchar el vaivén de las olas (el mar es mi psicólogo favorito y lo mejor, gratis); llorar, llorar mucho, desahogar el alma siempre viene bien; escribir, sobre lo que tú quieras, pero escribe, las letras y las palabras se vuelven cómplices y muchas veces, de esos momentos “so down” surgen los mejores escritos; hablar con alguien de entera confianza y descargar ese cúmulo de sentimientos malignos que te agobian, esto ayuda a aligerar las cargas negativas y poco a poco sientes que todo va volviendo a la normalidad.

Los bajones de “azúcar” son normales y considero que MUY NECESARIOS, ya que nos enseñan a enfrentar la vida de una manera madura y aterrizada, a entender que los momentos tristes y dolorosos, los fracasos y las frustraciones, son precisos para hacer de nosotros personas fuertes, valientes, capaces de levantarnos después de una caída, limpiarnos las rodillas y continuar el camino con la frente en alto y mirando a los ojos a quién se atraviese. Son momentos amargos que nos auguran buenas dosis de “azúcar” en el futuro, porque definitivamente, no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista.

Así que ya sabe, la próxima vez que me escuche decir/escribir ¡SE ME BAJÓ EL AZÚCAR! No se asuste ni crea que me voy a desmayar, ni que necesito un dulce urgente (aunque yo no me coloco triste si me lo regala). No. Simplemente estoy pasando por ese mal momento, que alguna vez tenemos todos, y sí a usted no se le baja el “azúcar”, ¡bendito sea! ¡Cuánta envidia le profeso!

Y recuerde, como decía la guarachera de Cuba, Celia Cruz (Q.E.P.D.) “Que tan solo hay momentos malos y todo pasa…ay, no hay que llorar que la vida es un carnaval y es más bello vivir cantando”. Y ¡AZÚCAR, AZÚCAR!


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lunes, 9 de agosto de 2010

El Farsante

Todo esto se los digo porque me ha pasado un caso muy curioso en las últimas semanas. Y es que ya mis amigos y personas que en realidad me conocen, prefieren decirme la verdad mil veces antes de tratar de engañarme, porque saben que a final de cuentas, me termino pillando TODO. No sé si será la herencia de mi madre, que es una detective de admirar, mejor dicho, a esa señora no se le escapa una y siempre termina dando con lo que es, pero tal parece que yo poseo ese mismo don. Me considero una detective innata (por eso me ha ido tan bien con mi carrera), me gusta investigar, preguntar, hallar respuestas (aunque muchas veces no sean las que estás esperando), y cuando algo no me es claro, no descanso hasta hallar el origen de la rareza y quedar tranquila con pruebas y argumentos reales.

Resulta que por aquí en el mundo, aún existen esos hombrecitos que creen que las mujeres todavía somos “muy ingenuas” y nos comemos todos los cuenticos que ellos sacan de su paupérrima imaginación, porque ni para un guión de película sirven de lo malo que son.

Por casualidades de la vida, hace poco conocí a un tipito que a simple vista es un hombre normal. Medio simpático físicamente, buen conversador, un bacán completo, es lo que se percibe en una primera impresión. Adentrando en conversación con el sujeto, comenzó a hacer alardes de su “coeficiente intelectual” (que a estas alturas me está claro para qué es lo único que le sirve), que estudió en una universidad extranjera (becado, además), que trabajaba en una importante emisora de la ciudad, que hacía obras sociales a favor de niños muy pobres, que le gustaba andar en sitios con clase, hacía comentarios curiosos y que me causaban cierta gracia, pero en el fondo hubo algo de principio que no me cuadró en el man. Y es que para ser sincera, siempre les he tenido “zeta” a esos hombres que hablan mucho de sí mismos y se alaban más que un pollo; esta clase de hombres me generan una sospecha tremenda, porque los que en realidad tienen motivos para pavonearse NO LO HACEN, así de sencillo. Es mejor que la gente descubra tus cualidades, lo genial que eres, a que tu tengas que estar gritándoselas en la cara y reiterándoselas sin que te pregunten, en serio para mí es algo de muy mal gusto. “Yo soy hijo de Fulano, tengo 500 mil honores en la Harvard, mis cuentas de banco están taqueadas de billete, etc.”. Ese tipo de hombre, no encaja conmigo.

Bueno, en fin, el tipito sacó la excusa de quererme contactar para que lo ayudara con unos proyectos de su “fundación” y me pidió el celular. Yo accedí a dárselo porque ajá, quien sabe, a lo mejor tendría algo interesante y podía sacar ventaja para mis aspiraciones profesionales. ¡ERROR GARRAFAL! A los dos (2) días de haber sucedido el primer encuentro, me llama el sujeto a saludarme ¡ahhh tan amable él! ¬¬ y luego, volvió a llamar los días siguientes con el mismo cuentico, ya agregándole frases como “tú que me hiciste que no te sales de mi mente” y otras de ese estilo, y yo como ¡por favor chico, si apenas me has visto un solo día!. Hasta que por fin, llamó un fin de semana a preguntarme qué haría y yo le comuniqué que ya tenía planes con unas amigas y unos amigos, que estaría en un sitio X de la ciudad, a lo que el tipito me va diciendo: yo llego allá.

Y la verdad, por mí no había ningún inconveniente, sinceramente me daba igual. Así que el sujeto llegó y entró en ambiente con mis amistades rápidamente, risas van, risas vienen, y comenzó a contar unas historias que sinceramente solo se las creería su abuelita. Y aquí, fue cuando yo empecé a pensar que no era tan divertido que haya venido, incluso me coloqué muy seria. Aparte de sus historias hiper maravillosas, empezó a “alardear” de los puestos que le estaban ofreciendo a nivel laboral y ese fue su MAYOR ERROR. ¿Cómo se le ocurre a este sujeto ponerse a hablar e inventar situaciones del mundo en el que por mi profesión me desenvuelvo diariamente? ¿Acaso no se ha percatado que yo me conozco a todo ese mundo de medios de comunicación local, donde obtengo la información que quiero, cuando quiero, gracias a mis colegas?

Pero bueno, el tipito siguió aumentando esa bola de nieve de mentiras, saturando mi paciencia, y más, empezó con una melosería y cursilería única, con decirles que según él, hasta poesía y canción me escribió porque yo lo inspiré, ¡UYSCHHHHHHHHH! No mejor dicho, el man pintándome pajaritos en el aire, prometiendo castillos en el cielo, y ese es el punto que no soporto en los hombres: que sean charlatanes, aduladores y embusteros. Pero el man, no tenía ninguna posibilidad conmigo, y menos después que pude darme cuenta de inconsistencias que dijo la primera vez y que resulta que en esta segunda salida ya eran otras, por ejemplo, el primer día dijo que vivía en tal sector de la ciudad y esta vez resulta, que vive en otro. Y así, sucesivamente.

Como yo no me quedo con una, empecé a indagar con amigas que viven por el sector donde efectivamente, sí vive (bien lejos de donde dijo en la primera ocasión) encontrándome con lo que me presentía: estaba ante mí un FARSANTE, del más alto nivel, un tipo acostumbrado a vivir engañando a la gente, tanto que ha estado preso por presentar papeles falsos en ciertas convocatorias de la ciudad y un tutiplén de cargos, que ¡Ay Dios Mío! Me dio fue mucho susto, por saber a la clase de tipo que me estaba exponiendo sin querer. Y seguí investigando al sujeto, y contacté a los supuestos “jefes” que el susodicho pudo haber tenido si en realidad había trabajado en los sitios que había dicho y adivinen, efectivamente, NINGUNO LO CONOCÍA; el director de la emisora donde supuestamente trabajaba me decía “Erika, te juro que ese personaje nunca ha trabajado aquí, ni idea, no lo conozco”. Seguí indagando con el otro medio que supuestamente le había ofrecido una dirección y mis colegas se quedaron con cara de ¡WTF!

Mientras yo hacía mis investigaciones, el muy descarado se atrevió visitar a mi mejor amiga en su trabajo para pedirle empleo “como actividad extralaboral” y no contento con eso, hasta plata prestada le pidió, y no fueron 2.000 pesos sino 50.000 (por Dios, a una persona que había conocido recientemente y sólo había visto una sola vez), a lo que mi amiga generosamente le dijo que sólo podía darle 10.000 porque no contaba con más efectivo. Hasta el son de hoy aún está esperando que se los pague el infeliz ese.

El man siguió llamando y le contestó siempre mi buzón de mensajes. Mi amiga le hizo varios comentarios con respecto a la hoja de vida y ciertos requerimientos legales que se necesitaban, y como el tipo es un FARSANTE, pues por obvias razones, nunca más se apareció por allá. A lo mejor, por fin utilizó su “inteligencia” para otra cosa y cayó en cuenta que había sido descubierto.

Así que hombres, por favor, nunca, pero NUNCA, subestimen la inteligencia de una mujer porque les parezca bonita. Y menos, pongan en tela de juicio mi astucia, que de esa, tengo altas dosis hasta pa’ regalar. No acostumbro a tragarle entero a NADIE, gracias a Dios mi sexto sentido está bien finito y suelo darme cuenta de las cosas mucho antes que los mismos implicados me las comenten. Y bueno, por lo menos a ese tipito le figuró inventarse otra profesión con la que seguir engañando a incautas que sí caen en su jueguito, porque lo que es el campo de los medios de comunicación y periodismo de la ciudad, quedó boleteado y apuntado en lista negra. ¡PA’ QUE RESPETE! Es que muchos no alcanzan ni a imaginar, con quién se meten en realidad. Y el que a mí me miente, en enemigo se convierte. Y como enemiga, pequeña sí no soy.

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miércoles, 4 de agosto de 2010

El día después de mi muerte


El siguiente post, es un cuento con el que participamos mi hermano y yo en un concurso de cuentos de la ciudad, ocupando el Primer Lugar, entre muchos escritores. Es un cuento basado en una historia similar de la vida real, de una personita que fue muy cercana a nuestra familia: en memoria de Andrés Mauricio Trucco Orta, por siempre en nuestros corazones.

Todavía no lo creo. - ¿Por qué Diosito? ¿Por qué? – Me pregunto una y otra vez mientras se me desgarra el alma al ver a mi madre tendida contra un cajón funeral, rodeado de miles de coronas, muchas personas en aquella salita dando la impresión de que no hay espacio para tanta gente, todas llorando y lamentando la muerte de ese alguien que está acostado allí en ese ataúd, que parece felizmente dormido pero que saben jamás despertará de ese sueño profundo. Y yo, todavía no lo puedo creer. ¿Es esto una pesadilla? Si es así, quisiera despertarme de una buena vez, pero, ¿cómo hago? Nadie puede ayudarme. Me da miedo acercarme al cajón porque es una sensación terrible, pensé que esto solo pasaba en películas pero me está pasando a mí.

No crean que se siente bien esto de ver tu propio funeral. Sí. Ese joven que está ahí tendido, provocando una tristeza enorme en quienes lo conocían, soy yo: Andrés Felipe López Moreno. Tengo o tenía, ¡Dios, esto es tan difícil de explicar!, 15 años de edad y por una extraña jugada del destino, hoy estoy aquí, viendo mi velatorio, con una impotencia enorme al ver a mi madre desesperada, llorando desconsolada, preguntándose ¿por qué Dios le hizo esto a ella? No sabe, cuanto quisiera abrazarla, decirle ¡Mamá, no te preocupes, yo estoy aquí contigo! Todavía no me he ido y no lo haré nunca. Pero no puedo, ella no me oye, no me ve, tal vez me siente, pero no como quisiera que lo hiciera.

Debía aprovechar cuando estaba vivo para decirle tantas cosas, tantas pero tantas cosas que hoy quisiera que ella supiera, pero es demasiado tarde. Tal vez porque me creía demasiado joven para morir, eso de morir era cosa de viejitos, yo tendría una larga y feliz vida, eso pensaba. Hoy Dios me enseñó y me hizo ver lo equivocado que estaba. Sólo Él decide cuándo y por qué debemos partir de este mundo.

Camino por la salita, de un lado a otro desesperado, buscando respuestas a preguntas que ni siquiera he formulado. ¡Quiero estar vivo! Me repito una y otra vez esperando que Diosito me haga el milagro. Trato de acariciar las flores de esas coronas de pésame que muchos han enviado, pero no puedo, ni siquiera puedo sentir ese olor tan lúgubre que ellas destilan, como cuando murió mi abuelito y supe por primera vez lo que era estar en un velorio y en un entierro. Ahora lo estoy viviendo por mí mismo, sé que mi abuelito estuvo todo el tiempo con nosotros, así como yo ahora estoy con todos aquí en esta salita de la funeraria.

Creo que nunca voy a superar esto de mi muerte. Justo ahora que estaba viviendo mis mejores momentos, me sentía en la plenitud de la vida. ¡Malditos delincuentes! ¡Mil veces malditos! Me arrancaron lo más preciado que tenía: mi propia vida. A veces me pregunto si estaba en el lugar y en la hora equivocada, o definitivamente, como dicen todas las personas “me tocaba”. No entiendo por qué quedé en medio de ese cruce de fuego: ladrones de banco versus policías. Un hecho cotidiano en esta ciudad tan insegura. Pero como todo joven, tu nunca esperas que eso que sale en los noticieros te suceda a ti. Claro, eso sucede por allá en las grandes capitales, piensas muchas veces ignorando que el peligro puede estar más cerca de lo que te imaginas.

Ayer salí de mi casa a comprar unos helados para esperar a mi padre que regresaba de viaje anoche precisamente. Mi viejo, ahorita está ahí sentado sin pronunciar palabra alguna, pero se nota en su mirada perdida un dolor tan inmenso y tan profundo. ¡Cómo me duele verlo así también! Continuando con la trágica historia del fin de mi maravillosa vida, cuando me dedicaba a cruzar la calle pude divisar una camioneta cuatro puertas que venía a gran velocidad y pude darme cuenta que uno de sus tripulantes se asomaba por la ventana con una gran metralleta apuntando al carro de atrás que era nada más y nada menos que el de la policía. Inmediatamente, comenzaron los disparos. Policías y bandidos guerreando en medio de la calle sin importar quienes estaban a su alrededor. Solo recuerdo que sentí un impacto profundo en mi corazón y todo se volvió negro. Quería abrir mis ojos, quería pararme, pero no podía. A lo lejos se escuchó una ambulancia, podía sentir la presencia de mucha gente a mi alrededor, gritando desesperados, algunas mujeres llorando.

- ¡Sálvenlo, sálvenlo! – oí que gritaba una anciana desesperada. – Es solo un jovencito – decían otros más.

¿Así estaba de maluco? ¿Era tan inminente y evidente mi muerte? Sentí cuando me montaron en la ambulancia y el médico que me venía asistiendo apretaba mi mano fuertemente y me decía:

- ¡Resiste muchacho, tu eres un gran varón, vamos, resiste, tu eres fuerte! Pero yo sentía que las fuerzas se me agotaban poco a poco, ya casi no escuchaba lo que me decían.

Llegamos al hospital. De inmediato me remitieron a cirugía para extraer la bala, pero el daño ya estaba hecho. La bala penetró directamente al corazón, ya no tenía salvación. Mis signos vitales aún estaban presentes por mi juventud, pero ya desde hace mucho tiempo yo había dejado de pertenecer a este mundo.

Sentí que me volvía liviano, ya no sentía el peso del cuerpo y fue cuando me pude ver por primera vez por fuera de lo que hasta ese entonces había sido yo en masa corporal. Intenté volver a mi cuerpo, como en las películas, tan ingenuo yo creyendo en que así podía volver a vivir, pero nada, el esfuerzo fue en vano.

Pude notar como al médico se le escapaba una lágrima mientras se quitaba los guantes y se declaraba perdedor en este duelo contra la muerte.

Lo seguí, quería ver a quién le daba la mala noticia. En la sala de espera estaba mi madrecita hermosa, con un rosario en su mano y el libro de oraciones que nunca la desampara; mi hermana, muy pálida y con un pañuelo en su mano, tal vez preparada para la peor noticia; una tía, mi nana y una vecina, todas esperando que el médico pronunciara ¡Lo hemos salvado!

El momento que siguió fue algo aterrador. Una experiencia tan horrible, que de solo recordarla siento que me muero de nuevo. El médico pronunció las palabras que ellas no querían escuchar: ¡Lo siento, hicimos todo lo posible, pero el muchacho no resistió. La bala penetró muy profundamente el corazón que cualquier posibilidad de que se salvara era casi imposible. De verdad, lo siento mucho, aún estaba muy joven para morir, pero la vida es así!

Pobre mi madrecita, no resistió tan impactante noticia que se desvaneció en el suelo frío de ese hospital. Le tuvieron que prestar atención inmediata con calmantes y otros medicamentos. Mi hermana un poco más calmada trató de ser fuerte, pero el dolor la venció y su lamento era tan penetrante que hasta las enfermeras se conmovieron y lloraron a su lado brindándole apoyo. Y las demás, aún sin salir del asombro, lloraban y lloraban desconsoladamente.

Mi madre pidió en la funeraria que la dejaran vestirme por última vez y obviamente, aceptaron. Llegó con su bolsa y sacó la ropa. Escogió la camisa de lino blanca que tanto me gustaba, con la que iba a los quinceañeros de mis amigas, y el pantalón beige que me regaló mi papá cuando cumplí los quince años. ¡Qué pinta tan bonita!, pensé, lástima que sea para tan fatal momento.

Mientras me vestía, con la misma paciencia que cuando era un bebé o creo que aún más, porque ahorita estaba teso y frió y no frágil y calientito como un recién nacido, me iba diciendo muchas cosas que ella me decía cuando estaba vivo, pero que la verdad, pocas veces le presté atención y nunca valoré tanto como ahora.

- Recuerdo el día que me dijeron que estaba embarazada de ti – comenzó. Tu hermana tenía 5 añitos de edad y quería un hermanito. Y con tu papá pensamos en regalárselo. Así que el día que me enteré que te estaba esperando, hubo una emoción muy grande en nuestro hogar, - decía mientras metía mi brazo en la camisa. Tu hermana brincaba de la felicidad y todo mi embarazo fui muy consentida porque estaba esperando al varoncito de la familia. Y ni qué decir cuando naciste. En el hospital decoraron mi habitación con globos azules y serpentinas, y los regalos ya no cabían en el cuarto. Eras tan chiquitico e indefenso, pero siempre hermoso, siempre fuiste y serás hermoso, incluso ahorita, no importa que estés frío y ya poniéndote morado, pero necesito que la gente que te vea por última vez, te vea divino, por eso elegí esta pinta que tanto te gustaba y con la que enloquecías a las niñas en las fiestas.

Mi mamá, tan bella. Ahí estaba, vistiendo a su “bebé” como siempre me decía. Hablándome como si aún estuviera vivo, como si supiera que la estaba escuchando. Y sí mamá, de verdad que te estaba escuchando más juicioso que nunca.

- Hijo mío, mi bebé. No sé que hice mal para que Dios me diera este castigo tan horrible, de llevarte de mi lado para nunca más volverte a ver – decía ahora sin poder contener el llanto inevitable. Quiero que sepas que siempre, siempre, te llevaré en mi corazón, siempre serás parte de mi vida, aunque ya no estés en cuerpo, pero tu alma siempre estará conmigo. Te amo desde antes de saber que existirías, te soñé desde cuando era adolescente y me imaginaba cuando yo fuera mamá. Te cuidé como mi más grande tesoro durante estos 15 años, que me parecen tan poquitos, yo se que dicen que los hijos son prestados, pero yo esperaba que Diosito te prestara para mí por muchos años más, que fueras un profesional, que me dieras nietecitos, que te pudiera ver hecho el hombre que yo formé con un hogar hermoso.

Pero si Dios así lo quiso, no seguiré cuestionando su voluntad como buena católica y creyente que soy, y me resignaré con el alma destrozada a aceptar tu partida. Tal vez, Diosito necesitaba un angelito más para su ejército en el cielo y se llevó al más lindo de todo los que estaban en la tierra.

Y dicho esto, terminó de colocarme los zapatos y me regó perfume por todo el cuerpo, no sin antes darme un abrazo interminable y el último beso que no pude ni siquiera sentir.

Y aquí estamos. En la salita del funeral. Me imagino cuán terrible debió ser la noticia para mi padre cuando llegó de viaje anoche. No es justo, haberlo recibido con esa noticia. Extrañaré sus interesantes charlas, sus bromas pesadas, las partidas de ajedrez, los juegos de fútbol y de básquet, las idas al estadio y a los conciertos, nuestras competencias de bicicleta, cuando me explicaba matemática y física, su amor y comprensión incondicional. Extrañaré tantas cosas de mi viejo. Espero que Dios se anime a hacer de todo un poco conmigo.

Mi hermana. Elisa, se ve hermosa con todo y que no tiene maquillaje y está vestida de negro, ese color que ella tanto odia porque dice que es muy triste. No deja de llorar, han venido sus amigas a consolarla. Tiene en su mano un retrato con nuestra foto, esa que nos tomamos hace una semana en un estudio familiar que nos hicimos. Yo sé que también le estará recriminando a Dios haberle quitado su mano derecha, a su compañero de aventuras, a su confidente, a su consentido. Ahora tampoco tendrá con quién pelear el último pedazo que queda de la pizza, a quién le toca primero en el computador, quién se queda con el control remoto de la televisión, quién lava los platos. La voy a extrañar mucho, pero la estaré cuidando desde el Cielo y espero que me dé sobrinos hermosos y ojalá se le ocurra ponerle a alguno el nombre de su tío. Eso sería un lindo reconocimiento para mí.

Saben, me he dado cuenta de una cosa. A los funerales siempre terminan asistiendo hasta personas que nunca conocieron al muerto. He visto gente que nunca vi en vida. Deben ser amigos de mis padres y de mi familia.

Tampoco pensé jamás, que viniera tanta gente a mi sepelio. Esto me hace erizar la piel, perdón, cuál piel, es que se me olvida que ya no existo.

Allí están todos mis amigos del colegio, cómo los extrañaré, ojalá pudiera decirles lo mucho que los quiero, aunque peleara con ellos. Están mis amigos del barrio, del equipo de fútbol, del curso de inglés. Está Susanita, la niña que iba a ser mi novia en una semana, que rabia, a pesar de que tiene los ojos hinchados de tanto llorar sigue siendo tan linda, tan inocente, espero que se encuentre con un buen chico que la ame como yo y la pueda hacer feliz como yo lo quería hacer.

Ya llegó el cura. Es un viejito cascarrabias, así que me imagino que hará todo muy rápido y se irá. Todos rezan por el descanso eterno de mi alma. Aún no puedo creer este momento. Mi hermana lee la oración final. Nos vamos al cementerio.

La caravana de carros es interminable. La gente en la calle se queda asombrada con el suceso y muchos murmuran entre ellos: - Debe ser alguien famoso o de mucha plata. Pues la verdad, ninguna de las dos. Famoso entre mis amigos tal vez y las riqueza que poseía son producto del trabajo humilde de mi padre y no son muchas, pero si lo suficiente para vivir decentemente.

Llegamos al cementerio. El camino se me hizo corto. Ya no sé ni lo que siento. Una vez me echen tierra encima, ya nadie se acordará de mi o tal vez, muy de vez en cuando.

Mi madre se hace a un lado del ataúd, lo acaricia por última vez. Mi padre y mi hermana la abrazan fuertemente. Se lee una corta oración y el sacerdote da la orden al sepulturero de iniciar la labor. En este momento quisiera gritar. Quisiera decirles a todos que yo estoy aquí. Que los quiero mucho. Dios, cuántas cosas no dejé de decir y de hacer. Si la gente supiera esto, seguro aprovecharían cada instante de sus vidas para hacerle saber a los demás lo importante que son para ellos, pedirían disculpas o quizás no ofenderían tanto, nunca dejarían para mañana lo que pueden hacer hoy, fueran más conscientes de la realidad en la que viven y que no pueden ignorar pensando que nunca serán víctimas de este o de aquel problema.

Si la gente supiera que estar muerto no es tan chévere, vivirían a plenitud cada segundo, cada hora, cada día, cada semana, cada mes, cada año, cada instante. Si yo pudiera decírselos, si me escucharan por un momento.

Sigue la tierra cayendo sobre mí o bueno, sobre lo que se supone era yo. Ese cuerpo, ahora sin vida. Acordándome un poco de Platón, sobre aquello del alma y el cuerpo, y tiene toda la razón, el cuerpo no sirve de nada sino tiene un alma que le de vida, que lo impulse y motive. Y ya mi cuerpo, se quedó sin alma, se quedó sin vida.

Desde el cielo, porque considero que allá es para donde voy, cuidaré de mi familia y de todas las personas que quiero, para que no les pase nada malo. Ojalá Diosito me permita convertirme en un Ángel de la Guarda para estar más cerca de los que quiero aquí en la tierra. Me será difícil no seguir viviendo mi misma vida ahora. Me pregunto tantas cosas. Ahora qué seguirá, adónde iré, de qué voy a vivir, será que me seguirá dando hambre, sueño, sed. Diosito deberá responderme todas mis preguntas y explicarme por qué permitió que esa bala me alcanzara, acaso era eso lo que Él había predestinado para mí.

Ya casi no se ve el cajón, un poco más de tierra y quedaré unos metros sepultado, volviendo hacia donde Dios dijo salimos todos, al polvo.

Mi madre está un poco más calmada, creo que es porque ya no le quedan más lágrimas en sus ojos, se le han agotado todas. Mi padre y mi hermana solo miran tristes, muy tristes acomodan las coronas sobre el montículo de tierra que se ha formado sobre mí. Elisa pidió escribir el epitafio que irá en la lápida una vez se cumpla el tiempo suficiente para instalarla.

La gente poco a poco comienza a marcharse, despidiéndose de mis padres. Sin embargo, ellos no se mueven de ahí. Mi madre acomoda perfectamente todas las flores que allí se encuentran. – La tumba de mi bebé tiene que ser la más linda – dice en medio de su tristeza.

El cielo está nublado y ya comienzan a caer las primeras gotas de lluvia. Ahora sí, mis padres y mi hermana deciden marcharse juntos a casa.

Y yo sigo aquí, esperando la orden para ir a no sé dónde.

Empiezo a sentir que me debilito nuevamente. Puedo ver una luz que se interpone en mi camino y que me invita a seguirla. Es el momento de la verdad, pienso. Ahora sí coy a ver a Dios. Empiezo a caminar y observo un camino lleno de las más hermosas flores, hay una gran variedad de ellas, todas brillantes. Siento que estoy volando.

Ya me voy. Ahora seré un ángel del Señor. Ya no me duele no ser humano. Estoy aprendiendo a querer mi nueva condición de vida. Ya no me seguiré lamentando más por haber dejado la tierra, igual, algún día todos tienen que hacerlo, solo que algunos nos adelantamos en el camino.

Ya voy a entrar al paraíso. Esto no puedo contarlo. Dios me ha dicho que es un secreto que sólo podrán conocer cuando vengan a Él. Solo puedo decir que es hermoso. El paraíso existe, de verdad, ya lo he comprobado. Nos vemos en él.

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