lunes, 14 de diciembre de 2009

Caminando por el Centro de Cartagena


Si hay una cosa que disfruto plenamente y que espero seguir haciendo por el resto de mi vida, es ir al Centro de mi hermosa ciudad, Cartagena de Indias, y rodearme de esa cotidianidad costeña y de esa cultura que nos hace únicos e irrepetibles a los cartageneros.

Y es que a diferencia de otras personas, a mí me fascina ir al Centro: eso es sinónimo de alegría.

Actualmente, y debido a los cambios en las vías que se están realizando para la adecuación del Transcaribe (Transporte integrado masivo de Cartagena) ir al Centro puede resultar toda una odisea, por los largos trancones que se forman a la entrada, específicamente por la India Catalina, donde se baja la mayoría del personal que allí asiste.

Pero yo voy feliz. Hoy precisamente, por esas cosas de las amas de casas desesperadas, me tocó ir al Centro a pagar recibos, realizar algunas compras y sí, a caminar mis callecitas a ver qué había de nuevo por ahí, cómo se están rebuscando los comerciantes en este diciembre.

De bajada, me recibe esa brisa marina, que por estos tiempos azota a la ciudad y que a mí me fascina. Es como entrar a otro mundo. Claro, el sol de Cartagena es cosa seria, y a las 3 de la tarde todavía golpea fuertemente la humanidad de quienes osadamente salimos a la calle. Pero yo voy feliz, eso no me importa, como buena cartagenera ya estoy acostumbrada a eso.

Llevo puestos un strappless color rosado (como cosa rara ¿no? Mi color favorito) y un pescador (jeans más arriba de las rodillas), sandalias “tres puntás” rosadas, no me he maquillado casi por la pereza, solo un ligero rubor y las cejas delineadas, ni brillo en los labios llevo; mi cabello está medio recogido por un gancho de flores rosadas por lo que queda a merced del viento que juega como quiere con él, es muy difícil por estas épocas mantenerse bien peinada.

Empiezo a caminar con paso entre ligero y pausado. Quiero disfrutar el ambiente. Los piropos no se hacen esperar. ¡Pero si me veo tan simple! Digo para mis adentros, pero a lo mejor esa belleza natural atrae más, digo yo acá en la cocina… Me gustaría haber traído mi grabadora periodística para ir guardando todos esos piropos que me lanzan en las calles, desde los más ingeniosos hasta los más morbosos y pasados de tonos, esos que me hacen sonrojar, pero que no me hacen reír.

¡Mamasita rica! Me dice uno que pasa muy cerca de mí, y que por un momento pensé que me robaría un beso por lo mucho que acercó su cara a la mía...Normal, como si nada sigo mi camino. Hay mucha gente, tal vez tratando de conseguir la ropa para Navidad y Año Nuevo, o comprando cosas que faltan para la decoración de la casa, o pagando deudas, o solicitando préstamos en los bancos, o simplemente haciendo tanto y nada al mismo tiempo.

Por estos días, la ciudad se llena de muchos turistas y de eso me doy cuenta. Pasan a mi lado hablando inglés, francés, alemán y quién sabe qué otros idiomas más, oliendo a bronceador y playa, insolados hasta más no poder, con sus cámaras en las manos, tratando de capturar esa cotidianidad cartagenera que es tan sabrosa, tan auténtica, tan bacana.

Los vendedores en las calles tratan de conquistar a sus clientes. Lo que usted quiera conseguir, téngalo por seguro lo consigue en el Centro de Cartagena. Una señora “regatea” (pide rebaja, que le bajen los precios) con un vendedor, y el señor responde con un “erda tia, tamos en Navidá, deje algo ahí pal aguinaldo”. Al final la señora termina comprando a un precio de común acuerdo.

Sigo caminando. Me gusta el olor del Centro. Que ¿a qué huele el Centro? Pues la verdad es una mezcla de olores… Por sectores puede oler a frutas frescas, por otro lado a velas aromáticas y por estos tiempos incienso y todas esas hierbas “pa’ santificar y purificar” las casas, también huele a comidas, muy típicas eso sí, huele a viejo, huele a berrenchín en algunos sitios donde la gente acostumbra a hacer sus necesidades fisiológicas porque no pueden acceder a un baño o simplemente por falta de cultura ciudadana, que lamentablemente, en mi Corralito de Piedra escasea. El Centro también huele a nuevo, a chorizo, a arepas, a jugo de naranja, a paletas, a dulce, a brisa, a mar, a sol, eso, sobre todo a sol.

Me gusta el Centro. No, mejor, yo adoro el Centro de mi ciudad. Y caminar por las calles es toda una aventura. Los andenes están taqueados de vendedores ambulantes, que con desespero tratan de vender sus mercancías a como dé lugar, para tener siquiera “alguito” con qué sostener a sus familias, así sea pa’ sólo el pedazo de pan con agua e’ panela. Luces de navidad, adornos, moñas, gafas, zapatos, cinturones, collares, mejor dicho, de cuanta chuchería a usted se le ocurra, allí la encuentra.

¡Ah sí! Los colores del Centro y sus calles son únicos. El estilo colonial de la ciudad hace que su ambiente en general sea muy agradable a la vista. El Centro de Cartagena ofrece unas panorámicas únicas e irrepetibles: colores vivos y brillantes, arquitecturas inigualables, balcones que enamoran, tejados que enloquecen. Definitivamente, es un lugar extraordinario, donde se disfruta cada metro que se recorre, ya sea por su gente, cálida y hermosa, o por lo estrecha de sus calles que reciben a muchas personas que vistas desde el cielo, deben parecer muchas hormiguitas que van y vienen en sentido contrario.

Y podría durar horas, días, meses, hablando del Centro de mi ciudad, de lo hermoso que es, de lo mágico e histórico, de sus callecitas que ilusionan, de ese algo qué se siente cuando estás caminando por él. Y es que en verdad, yo me di cuenta que no camino en el Centro. Yo siento que me elevo, que estoy metida de lleno en ese mundito que es tan mío y que tanto me hace bien. Para mí no hay mejor plan que caminar las calles del Centro, mirar un atardecer desde las murallas y descubrir lo maravillosa y romántica de una noche cartagenera.

Llego a mi destino. El vigilante con alguien que lo acompaña me miran con cara de morbo. No les hago caso. Hago todo lo que debo hacer, y me apresuro a hacerlo pronto, precisamente, para salir de nuevo y seguir recorriendo las callecitas de mi ciudad. Termino mis diligencias y salgo de nuevo a la calle. Qué bien se siente. La brisa me saluda como abrazándome y besándome, yo me dejo llevar. Una sonrisa siempre me acompaña y podrían pensar quiénes me ven que soy hasta loca, porque suelo reírme sola de las cosas “tan cotidianas” que suceden mientras camino. No hay para mí una mejor terapia para el “stress” que ir al Centro, aunque algunas personas podrían decir que al contrario, eso se los aumenta por el caos que se pude vivir por momentos allí. Sin embargo, ese es el caos que me enamora. El caos de lo cotidiano, del sentir cartagenero, de esas cosas que por muy sencillas e insignificantes que parezcan, a mi me emocionan, me encantan, me hacen sentir muy pero muy orgullosa de la ciudad donde nací.

Caminando el Centro, sola, me hace pensar incluso en las personas especiales de mi vida. Cuando quieras vivir una aventura bien coloquial, no lo pienses más, invítame contigo al Centro de Cartagena y te puedo asegurar que al igual que yo, te vas a enamorar de ese lugar. ¿Me acompañas?

jueves, 10 de diciembre de 2009

¡No todo puede llamarse vallenato!


El vallenato, es sin lugar a dudas, uno de los géneros musicales más representativos de Colombia. Si existe una música, por la cual nos reconocen en el extranjero, es precisamente por el folclor vallenato, el cual ha logrado posicionarse gracias al éxito de varios artistas nacionales que se esmeran por llevar a tierras ajenas un poquito de ese sabor y calidez que caracteriza a este ritmo engendrado en la Costa Caribe Colombiana.

En sus inicios el vallenato de destacó, porque a través de sus letras, se podían contar hechos de la vida cotidiana, historias de mujeres, amores, parrandas y leyendas, generando de esta manera una afición por la tradición oral, que poco a poco se fue extendiendo por varios pueblos, veredas y ciudades de la Región Caribe.

Este vallenato, conocido “vallenato tradicional” tuvo dignos representantes, llamados “juglares”, que viajaban por toda la región cantando y contando sus historias a través del vallenato, y animando las fiestas de cada lugar con la respectiva parranda. Es así como se puede recordar a Alejo Durán, Colacho Mendoza, Rafael Escalona, Abel Antonio Villa, entre otros.

Evidentemente, de las mejores épocas del vallenato, donde sólo bastaba tener el acordeón, la caja, la guacharaca y un motivo de inspiración para crear las más famosas canciones que aún ponen a “parrandear” a las actuales generaciones a punta de paseo, merengue, puya y son.

Como todo evoluciona, el vallenato no podía ser la excepción. A medida que se fue expandiendo por la Costa, fueron naciendo nuevos artistas vallenatos, muchos de ellos siguiendo tradiciones familiares, conocidas como “dinastías”; de esta manera, un padre acordeonero dejaba el legado a su hijo y así sucesivamente, con tal que no muriera la práctica vallenata en la familia. Se fueron incursionando nuevos instrumentos además de los tradicionales, y se empezaron a percibir las famosas “agrupaciones o conjuntos vallenatos”. Ya no se escuchaba hablar de “juglares” sino de cantantes vallenatos, quienes siempre trataron de mantener y llevar consigo ese mismo ingrediente del vallenato tradicional, continuando con las letras de sus historias de amor y desamor, de aventuras y parrandas, pero con un toque y sonido más moderno. Dentro de este grupo se pueden destacar artistas como Jorge Oñate, Los Hermanos Zuleta, Diomedes Díaz, el Binomio de Oro, Los Betos , Iván Villazón, entre otros, quienes además, lograron el reconocimiento no solo regional, sino nacional e internacional.

Este vallenato que se volvió más de tipo comercial, creado para vender discos, llenar conciertos y ganar premios, sin embargo, aún gozaba de ese privilegio de llevar entre sus ritmos ese toque mágico del vallenato tradicional, que lo hacía deleitable y agradable para el público. Con muchas canciones de estos artistas más de un caballero conquistó a su esposa, más de una pelea terminó en reconciliación, más de una indecisa cayó rendida a los pies de su conquistador, se pudo decir adiós de una forma bonita, se contaron historias que de una u otra manera jamás habría podido contarse. Es el vallenato que cuando suena todavía a más de uno le remueve el corazón, le trae un bonito recuerdo, le hace volver a épocas pasadas memorables, las parrandas con los amigos del barrio, aquella muchacha bonita que conquistó, aquel amor que se fue y nunca más volvió.

Pero desafortunadamente, el tiempo avanza y trae consigo los cambios. De ese vallenato tradicional, entrañable, “sabroso”, hecho exclusivamente “pa’ parrandeá”, muy poco queda en la actualidad. Se sabe que las historias ya no son las mismas que antes, precisamente, porque cambiaron de protagonistas y de escenarios, pero ojalá se hubiese hecho un gran esfuerzo por mantener ese “no sé qué” que tenía el vallenato tradicional, esa autenticidad que parece perdida en medio de la modernidad.

Nuevos “cantantes vallenatos” han surgido ante lo que se ha llamado la “nueva ola” del vallenato acompañado del mal llamado “vallenato romántico”. Esta “nueva ola” está conformada por jóvenes cantantes que si bien, han tenido mucha aceptación dentro de las nuevas generaciones, y muchos de ellos se han esforzado por realizar “buen vallenato”, lo cierto, es que no les ha alcanzado para imprimirle a sus canciones y producciones el sabor y la magia propia del vallenato tradicional.

Y lo que es aún más deprimente, es que en algunos casos, el vallenato ha sido reducido a una serie de lamentaciones y lloriqueos melodramáticos, que más que canciones son un atentado contra el buen gusto y el folclor vallenato. Letras de canciones vacías y sin sentido, que parecen más una burla al desamor y lo único que conservan es el acordeón en sus melodías. ¿Sería justo llamar a eso vallenato? Sinceramente, me parece una falta de respeto con el vallenato tradicional, denigrar el buen nombre del folclor, con este tipo de mal llamados artistas y sus deprimentes canciones. Colombia necesita rescatar el vallenato tradicional, aquel que nació en el Cesar, un vallenato con el que se pueda conquistar nuevamente, y que no reduzca el amor a un drama sin final que no deja otro consuelo que llorar y llorar.