Pesadillas reales...


Laura se ha despertado a eso de las 2:11 a.m. Un mal sueño es el causante de su insomnio. Da vueltas en la cama y siente un cruel ardor en el estómago.

- - Bendita gastritis, se dice.

Decide levantarse y caminar por su habitación en medio de la noche. Da golpes a la pared, mientras el llanto inevitable se desborda en aquella mujer. Se arrincona en una de las esquinas, apretando uno de sus cojines favoritos, aquel mismo que huele a chicle de fresa.

Quisiera entender por qué le duelen tanto las cosas. Miles de imágenes pasan por su cabeza, recuerdos que van y vienen sin cesar. En medio del llanto alcanza a sonreír al recordar tantos momentos felices. Pero algo aprieta y quema su corazón al mismo tiempo, algo que le produce un dolor indescriptible y que aumenta el caudal de lágrimas que se desprenden de sus ojos verdes.

Llegan las 5:00 a.m. y es como si el tiempo no hubiera pasado. Allí tendida en el piso, sin fuerzas, con las lágrimas escurridas hasta la última gota, mirando hacia la ventana, aún está oscuro afuera, quisiera que el tiempo se detuviera. El letargo espantoso en el que se encuentra no le permite recordar que a las 7:30 a.m. tiene cita con el Presidente de la compañía para la que trabaja por aquel tema de su ascenso, el sueño de su carrera profesional, por el que había trabajado incansablemente durante el último año.

Ya nada tiene sentido ahora. Se levanta y se mira en el espejo. No es capaz siquiera de reconocer la mujer que allí se refleja. Le han robado el alma, se lamenta. Abre los brazos y se deja caer sobre su cama, alcanza a olfatear un olor familiar, un olor que en estos momentos le hace daño.

Cierra los ojos mientras se repite mentalmente: “esto de extrañar no se hizo para mí”.

- - Quisiera que esto solo fuera un mal sueño. Se repite.

Laura apenas está comprendiendo que hay pesadillas que se vuelven reales. Ya ella lo está viviendo. Una pesadilla tan real que la tiene atada de manos y pies. Y duele, duele.

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