¿Irresponsable yo? ¡Irresponsable tú!


*Nota: El siguiente texto no está basado en hechos reales. Fue inspirado en conversaciones cotidianas con amigos. Nada personal.

Ayer se atrevió a hablarme de responsabilidad. Su cara de prepotencia y arrogancia no hicieron más que despertar en mí un sentimiento de desprecio y casi odio instantáneo, por aquel ser al que tantas noches le había regalado y por el que había arriesgado muchas cosas en mi vida.

Su risa desparpajada, sus palabras en tono sarcástico, su incontrolable ego, me producían nauseas, me daban ganas de clavarle un puño en la nariz (pégale a alguien en la nariz y sabrás porqué lo digo) y exhibirlo en aquella sala llena de, digámosle ilustres, ilustres de mierda será. En fin, el festival de la pedantería y egos sobreactuados, donde él y yo nos encontramos por casualidades del destino y ahora venía a hablarme de responsabilidad.

Cómo puede hablarme de responsabilidad un ser al que le encomendé el más importante órgano de mi cuerpo, el que genera mis latidos, el que guarda mis sentimientos, el que una vez se detiene nos manda fuera de este mundo: MI CORAZÓN. Y a él, a ese miserable que tenía allí en frente, se lo regalé, porque en mi perspicaz ignorancia consideré que era la persona adecuada para tenerlo, cometiendo así el más garrafal de los errores, porque tan poco fue el valor que le dio, que lo dejó caer de sus manos al último rincón del infierno, del cual aún no ha podido salir. Ya se imaginarán ustedes el estado de aquel corazón, herido y moribundo, que a diario se alimenta de las migajas de cariño que extraños y conocidos regalan por caridad.

Cómo puede hablarme de responsabilidad ese ser que representaba la luz en mi vida, así como el sol en las mañanas, él alumbraba cada acción con su sonrisa y forma de ser. Y tampoco le importó dejarme tirada ad portas de las tinieblas y la oscuridad extrema que no me deja ver más allá de mis miedos y frustraciones. Soy una ciega a la que el más mínimo rayo de sol, causa molestia.

Cómo puede hablarme de responsabilidad aquel hombre al que encomendé cada uno de mis pensamientos, ilusiones, sueños, anhelos. Es que me pregunto, cómo pudo echar a la basura, todos aquellos proyectos que para mí eran valiosos y que requerían de su apoyo y compañía para ser llevados a cabo. Y sí a él, eso no le causa ningún remordimiento, en lo absoluto.

Y podría escribir una Biblia si quisiera, restregándole cómo puede hablarme de responsabilidad una persona que no tiene ni la más mínima idea de lo que esto significa y conlleva, porque con el sólo hecho de mirar sus actos, basta notar cuánta incoherencia existe entre lo que dice y hace.

Y tal vez tenga razón, yo también fui irresponsable. Podría reconocerlo. Después de todo, fui yo quién decidí confiar en él y entregarme cuerpo y alma a sus caprichos e indecisiones, a sus mentiras y falsas promesas, a su egoísmo y encanto natural, a lo que fue y a lo que decía ser.

Pero no, aún en mi dolor me quedé callada. Con los ojos encharcados pero sin soltar ni una lágrima, escuchaba atenta cada blasfemia disparada, cada frase sin sentido, no quería herir susceptibilidades y mucho menos en aquel sitio, donde mis palabras podrían quedar grabadas y utilizadas para ejemplo del fracaso emocional.

Y él seguía. Se creía convencido, claro, siempre había tenido la razón porque yo siempre se la daba. Disfrutaba cada “argumento” para justificar mi “irresponsabilidad” con lo que hace mucho tiempo atrás sucedió. En su rostro había un aire de satisfacción increíble, era evidente, el disfrutaba mi dolor, siempre lo había hecho.

Terminada la conversación. Me paré sin vacilar de aquella mesa y salí huyendo de ese lugar donde el ambiente era más pesado que un matrimonio a la fuerza.

En cuestiones de amor, no se trata de buscar culpables ni mucho menos juzgarlo. En cierta medida, todos nos volvemos irresponsables y/o somos irresponsables por naturaleza. Nada es perfecto. Errores cometemos, errores reparamos, errores olvidamos, errores volvemos a cometer.

Aquel hombre irresponsable morirá convencido, que en cuestiones de amor, también es un “gurú”. Y no sabe lo equivocado que está.


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Comentarios

  1. Una delgada línea separa el amor del odio. Cuando se pasa al odio, se podrá perdonar...pero muy dificilmente volver a amar.

    Del amor nadie sabe nada, eso es lo único que está claro... El que se proclama sabio en asuntos del corazón, no es más que un necio.

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  2. En mi opinión la advertencia inicial sobra.

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  3. Jajajajaja tanto odio se leen en las letras! Me imagino cômo golpeabas el teclado mientras escribías!!!
    De acuerdo con Turin... La aclaración sobra

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