Caminando por el Centro de Cartagena


Si hay una cosa que disfruto plenamente y que espero seguir haciendo por el resto de mi vida, es ir al Centro de mi hermosa ciudad, Cartagena de Indias, y rodearme de esa cotidianidad costeña y de esa cultura que nos hace únicos e irrepetibles a los cartageneros.

Y es que a diferencia de otras personas, a mí me fascina ir al Centro: eso es sinónimo de alegría.

Actualmente, y debido a los cambios en las vías que se están realizando para la adecuación del Transcaribe (Transporte integrado masivo de Cartagena) ir al Centro puede resultar toda una odisea, por los largos trancones que se forman a la entrada, específicamente por la India Catalina, donde se baja la mayoría del personal que allí asiste.

Pero yo voy feliz. Hoy precisamente, por esas cosas de las amas de casas desesperadas, me tocó ir al Centro a pagar recibos, realizar algunas compras y sí, a caminar mis callecitas a ver qué había de nuevo por ahí, cómo se están rebuscando los comerciantes en este diciembre.

De bajada, me recibe esa brisa marina, que por estos tiempos azota a la ciudad y que a mí me fascina. Es como entrar a otro mundo. Claro, el sol de Cartagena es cosa seria, y a las 3 de la tarde todavía golpea fuertemente la humanidad de quienes osadamente salimos a la calle. Pero yo voy feliz, eso no me importa, como buena cartagenera ya estoy acostumbrada a eso.

Llevo puestos un strappless color rosado (como cosa rara ¿no? Mi color favorito) y un pescador (jeans más arriba de las rodillas), sandalias “tres puntás” rosadas, no me he maquillado casi por la pereza, solo un ligero rubor y las cejas delineadas, ni brillo en los labios llevo; mi cabello está medio recogido por un gancho de flores rosadas por lo que queda a merced del viento que juega como quiere con él, es muy difícil por estas épocas mantenerse bien peinada.

Empiezo a caminar con paso entre ligero y pausado. Quiero disfrutar el ambiente. Los piropos no se hacen esperar. ¡Pero si me veo tan simple! Digo para mis adentros, pero a lo mejor esa belleza natural atrae más, digo yo acá en la cocina… Me gustaría haber traído mi grabadora periodística para ir guardando todos esos piropos que me lanzan en las calles, desde los más ingeniosos hasta los más morbosos y pasados de tonos, esos que me hacen sonrojar, pero que no me hacen reír.

¡Mamasita rica! Me dice uno que pasa muy cerca de mí, y que por un momento pensé que me robaría un beso por lo mucho que acercó su cara a la mía...Normal, como si nada sigo mi camino. Hay mucha gente, tal vez tratando de conseguir la ropa para Navidad y Año Nuevo, o comprando cosas que faltan para la decoración de la casa, o pagando deudas, o solicitando préstamos en los bancos, o simplemente haciendo tanto y nada al mismo tiempo.

Por estos días, la ciudad se llena de muchos turistas y de eso me doy cuenta. Pasan a mi lado hablando inglés, francés, alemán y quién sabe qué otros idiomas más, oliendo a bronceador y playa, insolados hasta más no poder, con sus cámaras en las manos, tratando de capturar esa cotidianidad cartagenera que es tan sabrosa, tan auténtica, tan bacana.

Los vendedores en las calles tratan de conquistar a sus clientes. Lo que usted quiera conseguir, téngalo por seguro lo consigue en el Centro de Cartagena. Una señora “regatea” (pide rebaja, que le bajen los precios) con un vendedor, y el señor responde con un “erda tia, tamos en Navidá, deje algo ahí pal aguinaldo”. Al final la señora termina comprando a un precio de común acuerdo.

Sigo caminando. Me gusta el olor del Centro. Que ¿a qué huele el Centro? Pues la verdad es una mezcla de olores… Por sectores puede oler a frutas frescas, por otro lado a velas aromáticas y por estos tiempos incienso y todas esas hierbas “pa’ santificar y purificar” las casas, también huele a comidas, muy típicas eso sí, huele a viejo, huele a berrenchín en algunos sitios donde la gente acostumbra a hacer sus necesidades fisiológicas porque no pueden acceder a un baño o simplemente por falta de cultura ciudadana, que lamentablemente, en mi Corralito de Piedra escasea. El Centro también huele a nuevo, a chorizo, a arepas, a jugo de naranja, a paletas, a dulce, a brisa, a mar, a sol, eso, sobre todo a sol.

Me gusta el Centro. No, mejor, yo adoro el Centro de mi ciudad. Y caminar por las calles es toda una aventura. Los andenes están taqueados de vendedores ambulantes, que con desespero tratan de vender sus mercancías a como dé lugar, para tener siquiera “alguito” con qué sostener a sus familias, así sea pa’ sólo el pedazo de pan con agua e’ panela. Luces de navidad, adornos, moñas, gafas, zapatos, cinturones, collares, mejor dicho, de cuanta chuchería a usted se le ocurra, allí la encuentra.

¡Ah sí! Los colores del Centro y sus calles son únicos. El estilo colonial de la ciudad hace que su ambiente en general sea muy agradable a la vista. El Centro de Cartagena ofrece unas panorámicas únicas e irrepetibles: colores vivos y brillantes, arquitecturas inigualables, balcones que enamoran, tejados que enloquecen. Definitivamente, es un lugar extraordinario, donde se disfruta cada metro que se recorre, ya sea por su gente, cálida y hermosa, o por lo estrecha de sus calles que reciben a muchas personas que vistas desde el cielo, deben parecer muchas hormiguitas que van y vienen en sentido contrario.

Y podría durar horas, días, meses, hablando del Centro de mi ciudad, de lo hermoso que es, de lo mágico e histórico, de sus callecitas que ilusionan, de ese algo qué se siente cuando estás caminando por él. Y es que en verdad, yo me di cuenta que no camino en el Centro. Yo siento que me elevo, que estoy metida de lleno en ese mundito que es tan mío y que tanto me hace bien. Para mí no hay mejor plan que caminar las calles del Centro, mirar un atardecer desde las murallas y descubrir lo maravillosa y romántica de una noche cartagenera.

Llego a mi destino. El vigilante con alguien que lo acompaña me miran con cara de morbo. No les hago caso. Hago todo lo que debo hacer, y me apresuro a hacerlo pronto, precisamente, para salir de nuevo y seguir recorriendo las callecitas de mi ciudad. Termino mis diligencias y salgo de nuevo a la calle. Qué bien se siente. La brisa me saluda como abrazándome y besándome, yo me dejo llevar. Una sonrisa siempre me acompaña y podrían pensar quiénes me ven que soy hasta loca, porque suelo reírme sola de las cosas “tan cotidianas” que suceden mientras camino. No hay para mí una mejor terapia para el “stress” que ir al Centro, aunque algunas personas podrían decir que al contrario, eso se los aumenta por el caos que se pude vivir por momentos allí. Sin embargo, ese es el caos que me enamora. El caos de lo cotidiano, del sentir cartagenero, de esas cosas que por muy sencillas e insignificantes que parezcan, a mi me emocionan, me encantan, me hacen sentir muy pero muy orgullosa de la ciudad donde nací.

Caminando el Centro, sola, me hace pensar incluso en las personas especiales de mi vida. Cuando quieras vivir una aventura bien coloquial, no lo pienses más, invítame contigo al Centro de Cartagena y te puedo asegurar que al igual que yo, te vas a enamorar de ese lugar. ¿Me acompañas?

Comentarios

  1. Erika, que bonito, que nostalgia, La Calle de la Moneda, el almanaque Bristol del Centavo Menos, un cafecito en el Juan Valdez y salir por el ladito del Santa Clara tipo 5 y media... que añoranzas ... si señor
    @ximeamaya

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  2. Eso de resaltar los piropos callejeros es muy bueno. Porque son esos, los de aquellos que no conocemos, los que nos subes en el ego, asi estemos lo mas simple, asi digamos frente al espejo, uyyy que realidad la mia!! Pero siempre habra otro que vea algo especial que halagar. Bueno hablo de los piropos tiernos, decentes, buenos, de los otros puedo hacer un blogo pa referirme a ellos y tengo ejemplos... Muy buena tu terapia comadre... @Paloas

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  3. ...leyendo tu post pude recordar los mágicos momentos que viví en esa tierra mítica a cuyas playas acaricia el mar Caribe. Mi corazón palpita y suspira una vez más por el deseo de regresar a tu hermosa ciudad.

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  4. Hola Sirius3j...! Bueno, ya sabes que eres bienvenido cuando quieras a mi hermosa ciudad...! ;)

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